Cuanto más grande es la casa, más fácil resulta esconder la mierda. ¿Qué viene una visita? Se limpia el ala oeste y punto. Si el invitado se siente cómodo, poco le importa qué hay detrás de la puerta. Esto es lo que ha pasado en los Juegos Olímpicos de Pekín. China barrió su capital de miserias, peros y esclavos, dejando una patena a gusto del consumidor que, como decimos, no tiene vocación de Míster Propper. El resultado final vale para que la villa olímpica gane su quinta estrella y para que la dictadura se legitime: si el sistema funciona, para qué cambiarlo.
El negocio es el negocio, dijo el dinero. Las multinacionales sonríen y las teles hacen su agosto. Dos y dos son cuatro, ergo, el COI duerme tranquilo. Qué necesidad hay de inquietar el descanso eterno de Mao con hambrunas, campos de concentración y presos políticos. Los Juegos han sido un éxito porque nadie ha querido mirar debajo de la alfombra, porque nadie hecho preguntas molestas, ni siquiera los deportistas, que son los únicos que tienen o debieran tener libertad de expresión. Por si acaso, en Barajas, el COE les puso un bozal: ustedes a trabajar, que para eso les pagan.
Hoy Pekín es otra, su contraria, sin maquillaje, sin carteles de Wellcome ni vuelva usted mañana. Miserias, peros y esclavos regresan a sus calles de nuevo sucias, cambiando el paisaje de la foto. Pero eso da igual. Solo importa la instantánea olímpica, que ha salido para enmarcar. La otra, esta, no es apta para el consumo.
Hay quien dice que con Franco fue feliz. Que sí, que igual o seguramente hubo quien que lo pasó mal por sus ideas, pero que él no vio nada raro, que en su barrio la gente sonreía y todo era normal. O sea, ojos que no ven, corazón que no siente. Vivir sin mirar por la ventana. Lo mismito que en Pekín. Y gracias a que nos desvivimos por nuestro ombligo, mañana, los nietos de este olimpismo de cartón piedra, que pasa olímpicamente de cualquier cosa que huela a decente, oirán admirados las historias de Bolt y de Phelps, pero nadie les contará qué pasaba detrás de aquella puerta de la que colgaba el cartel de "Prohibido el paso". Y no escucharán esa historia porque nadie quiso saber la verdad; porque a nadie le interesa; porque la verdad, como la lluvia de agosto, además de mojar, jode.
Decimos que cuando se va de invitado, lo único importante es que las toallas estén limpias. Si antes fueron utilizadas para asfixiar a Bambi o a la opinión pública, eso ya no es asunto nuestro. ¿Están limpias, no? Pues entonces, ¿qué se dice?