Dice Paquito que en la Glorieta hay tardes de tinta y tardes de tinto, y que a veces, solo a veces, hay sobremesas de bota y literatura. La del martes, por ejemplo, fue una de esas digestiones de metáforas con hielo, aunque dice Paquito que hubo demasiada sed y no tantas musas. También cuenta que en estas tardes todo el mundo tiene una llave pero casi nadie sabe qué puerta abre, o sea, que para ver hay que tener claro adonde mirar, porque de lo contrario uno puede aplaudir al molino en vez de al gigante.
Su compay, otro abonado a los chupitos de tinta y a los renglones torcidos del gin-tonic, prefiere un tonto feliz a un científico cabreado, por eso defiende la alegría aunque no haya para tanto. Menos sabio, pero menos serio, se apunta al vaso medio lleno, a la fiesta en día de luto. Por eso dice que hay tardes, como la del martes, en que lo peor que te puede pasar es que te sirvan garrafón.
Hablamos, claro, de las tardes de Galapagar, de la Fiesta más nacional que nunca. A Paquito, que va a la plaza como a la misa, le pone el siete, la afición; al compay, que va como va, los tendidos de sol y pañuelo fácil. O dicho de otra manera: mientras a uno no le gusta que a los toros te pongas la minifalda, al otro nunca le parece demasiada corta. Y en esas andan, discutiendo qué es mejor: el vino o la borrachera. José Tomás sí, pero no tanto, o José Tomás más y todavía.
El purista cree porque no le queda más remedio, porque ha visto el milagro con sus propios ojos, aunque en el fondo le molesta que también crean los ateos. Su compay, sin embargo, quiere que crean cuantos más mejor. Él es de los que piensan que en la discoteca siempre hay sitio.
Decimos que hay tardes de salón que acaban de madrugada, entre el milagro del verbo y la penúltima copa, buscando respuestas en el saco de las mismas preguntas: ¿Por qué se pone ahí, donde la muerte espera? Porque las rosas, cuantas más espinas, más rosas. Y así se pasan las rondas, discutiendo de toros y de toreros, de cojones y de artistas de cojones. Si Paquito echa el freno, el otro acelera y en ese plan. Por eso combinan tan bien, porque son como el ron y la coca-cola. Y a mí me gustan los toros desde que me los cuentan.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
viernes, 5 de septiembre de 2008
Agosto tiene la culpa
Agosto desemboca en tragedia como el domingo desemboca en drama, por eso septiembre es el peor lunes del año. Llega de morros y con el ánimo a los pies tras la calma chicha de la vacación, que siempre precede al inicio de otra guerra. Así, el nuevo curso aterriza nublado, irremediable, apocalíptico, nasío pa matá. Los síntomas primeros lo dicen todo: crece la cola del paro, el divorcio, el colesterol, la hipoteca, el maltrato doméstico y el número de animales sin domesticar, el creacionismo en particular, la religión en general, el chance de McCain, la crisis o desaceleración acelerada, el telón de acero, la mecha guerra incivil… en definitiva, la mala hierba. Los que disparan tienen más balas y los que cavan, menos espacio en el cementerio.
Decimos que el mundo enfila su última recta con cara de lunes, penando su Historia de malos y buenos. Ahora sabemos que los buenos no lo eran tanto, pero el pasado no tiene remedio. Lo mismo que el futuro marchito que nos tatuamos a sangre y fuego. Vale que "nuestra vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir", pero a qué tanta prisa por desembocar. Por eso, porque no supimos estirar la primavera, pensemos cómo atrasar el invierno que viene, cómo engañar al calendario para "hacer del lunes otro sábado". Urge jugar de farol, nadar sin guardar la ropa, apostarlo todo al siete y empezar de cero. Tiremos los dados sin miedo a morir porque ya estamos muertos. Celebremos lo poco que tenemos porque es mucho más de lo que podríamos haber perdido. "Ayer se fue, mañana no ha llegado". Brindemos entonces por hoy, por este septiembre todavía soleado. ¿Que solo son dos días? Y dos noches. ¿Que el bar está a punto de cerrar? Pidamos otra copa. ¿Que el mundo es un tsunami? Pues surfeémoslo, porque solo hay dos maneras de pasar la vida: mirando el reloj o el culo de la chica.
Agosto tiene la culpa. Eso lo sabemos. Y tal vez septiembre sea un cabrón, pero no un puto cabrón. Depende de nosotros. Se trata de olvidar las nubes, de ponerle al mal tiempo buena cara, de querer querer. En resumen, se trata de disfrutar del desierto porque detrás de esa duna está la playa. Mintámonos un poco, coño, que la vuelta al cole no solo trae deberes; también viejos amigos y nuevos amores y recreos y viernes por la tarde. Toca disfrutar, ahora que aún se puede, que mañana será otro día y quizá venga de luto. Hágannos caso: Este lunes no merece una lágrima.
Decimos que el mundo enfila su última recta con cara de lunes, penando su Historia de malos y buenos. Ahora sabemos que los buenos no lo eran tanto, pero el pasado no tiene remedio. Lo mismo que el futuro marchito que nos tatuamos a sangre y fuego. Vale que "nuestra vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir", pero a qué tanta prisa por desembocar. Por eso, porque no supimos estirar la primavera, pensemos cómo atrasar el invierno que viene, cómo engañar al calendario para "hacer del lunes otro sábado". Urge jugar de farol, nadar sin guardar la ropa, apostarlo todo al siete y empezar de cero. Tiremos los dados sin miedo a morir porque ya estamos muertos. Celebremos lo poco que tenemos porque es mucho más de lo que podríamos haber perdido. "Ayer se fue, mañana no ha llegado". Brindemos entonces por hoy, por este septiembre todavía soleado. ¿Que solo son dos días? Y dos noches. ¿Que el bar está a punto de cerrar? Pidamos otra copa. ¿Que el mundo es un tsunami? Pues surfeémoslo, porque solo hay dos maneras de pasar la vida: mirando el reloj o el culo de la chica.
Agosto tiene la culpa. Eso lo sabemos. Y tal vez septiembre sea un cabrón, pero no un puto cabrón. Depende de nosotros. Se trata de olvidar las nubes, de ponerle al mal tiempo buena cara, de querer querer. En resumen, se trata de disfrutar del desierto porque detrás de esa duna está la playa. Mintámonos un poco, coño, que la vuelta al cole no solo trae deberes; también viejos amigos y nuevos amores y recreos y viernes por la tarde. Toca disfrutar, ahora que aún se puede, que mañana será otro día y quizá venga de luto. Hágannos caso: Este lunes no merece una lágrima.
lunes, 1 de septiembre de 2008
El chico de oro
Los hombros del chico de oro soportaron todo el peso del pop durante veinticinco años. Luego, aquella locura se hizo carne, convirtiendo a la mariposa en gusano. El exitazo de Thriller (aún hoy sigue siendo el disco más vendido de la historia) le dio la puntilla y de aquel zombi de mentira resultó un zombi de verdad. Dicen que la culpa la tuvo su padre, que le obligó a trabajar como un negro para pagarle una vida de blanco. Dicen que si no creces con Peter Pan terminas aliviándote con Wendi. Dicen que si pierdes el tren de la infancia acabas odiando cualquier estación.Michael Jackson cumple medio siglo de luces que fueron estrellas y sombras que son agujeros, donde el mito pasa la vida sin preocuparse de buscar la escalera que lo traiga de vuelta. Hay quien reza para que vuelva al mundo de los vivos, pero la locura está fuera de la jurisdicción divina. Él, como Don Quijote, piensa que los locos somos nosotros, los adultos, los que vemos molinos donde solo hay gigantes, los que zapeamos cuando echan dibujos por la tele.
Decimos que el rey del pop y de las excentricidades (duerme dentro de una burbuja y quema su ropa a diario por miedo a que se lo coman los gérmenes, alquila úteros para ser papá, viste a sus hijos con burka y hasta quiso comprar el esqueleto del hombre elefante para decorar la salita) descumple años en el jardín de infancia de Neverland, rodeado de mocos, mascarillas y peluches; observado de cerca por sus tutores legales, los abogados de la multinacional Sony, quienes vigilan su libido y su herencia igual que los buitres velaron la agonía de Bambi. Es probable que Jackson tocara a aquellos niños y es seguro que sus padres, tras metérselos en la cama, prefirieron los dólares a la justicia, pero Michael no tuvo la culpa de todo aquello, porque el loco no es culpable de su locura lo mismo que la ola no es responsable del naufragio.
Black or white? Que importa, si a los niños no les importa, cantaba la voz del millón de dólares mientras se tocaba los huevos. Ahora sabemos que ese tic, que creíamos cosa del show business, del puro márquetin, solo era un gesto infantil, la chulería de un crío asustado.
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