
San Jerónimo recomendaba trabajar en algo, “para que el diablo te encuentre siempre ocupado”. Por desgracia, hoy, en España, el diablo se siente como el Piraña en una pastelería: no sabe por dónde empezar. Más de tres millones de personas, la mitad de la población de Madrid, andan buscando flores en un desierto laboral que se extiende irremediable, como el fuego por un bosque de agosto. Casi doscientos mil trabajadores perdieron su empleo en el último mes, o sea, tantos como habitantes suman Salamanca, Béjar y Ciudad Rodrigo. Según los datos de la Encuesta de Población Activa, ya hay más de 800.000 familias con todos sus miembros en paro, lo que viene a ser (si contamos dos empleados por familia) como si ayer mismo, en Barcelona, no hubiera trabajado nadie. Estas son las cifras. Detrás están los duelos: las lágrimas de la pareja que pierde su nido de amor, la angustia del padre que mira a sus hijas con cara de náufrago, el miedo del joven que dice la palabra “futuro” como si pronunciara “muro”, y todo el mal rollo que cabe en 3.227.801 lunes al sol.
Al ver semejante páramo, en el jardín de al lado crece el pesimismo, la querencia al empate, el virgencita que me quede como estoy, la cobardía. Por eso cuando el Gobierno nos pide por favor que compremos, porque ese es el camino de regreso al futuro, a alguno le da por pensar que una cueva con fuego es un refugio, y otro dice que los charcos también forman parte de la lluvia, y un tercero se consuela porque un sueño es verdad mientras no se despierta. Ya saben, ese tipo de migajas que, sin llegar a alimentar, al menos entretienen al estómago. Conclusión: mientras unos pasan de abrir las cartas del banco porque son malas noticias, otros las abren como si estuvieran desactivando una carta bomba. Y como en estas circunstancias, ni Obama es capaz de vender caramelos a la puerta del cole, urge pensar en una receta alternativa, cualquiera que no incluya el consumo entre sus ingredientes. No sabemos cuál puede ser la buena, pero tal vez los que mueven los hilos tengan una pista. De hecho, si fueron capaces de sacar una burbuja de un ladrillo, podrán improvisar otro truco, ¿o no? Igual el problema es que van faltando conejos, porque chisteras hay dos por sucursal. El caso es que nos hundimos y no quedan flotadores en segunda clase. Por tanto, solo hay dos opciones: ponerle una vela a San Andrés o amotinarse para sustituir a la tripulación, ya que al parecer no sabe navegar a contra viento. No se le puede decir a un moribundo que “todo se arreglará”. Hay que ponerse en su pellejo, y eso es justo lo que no está dispuesto a hacer el capitán, con lo cual, difícilmente podrá encontrar un cabo para rescatar a quien se ahoga todos los días.
Alguien dijo que “el cerebro es un órgano maravilloso. Comienza a trabajar nada más levantarnos y no deja de funcionar hasta entrar en la oficina”. Dicho de otro modo: lo bueno del trabajo, además del dinero, es que te aísla de los problemas. Lo malo de que falte, además del dinero, es que hoy, en España, hay más de tres millones de personas buscando refugio.
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