domingo, 18 de enero de 2009

El adverbio gris

Nos gusta el gris. El blanco, aún siendo un buenazo, peca de pusilánime: es incapaz de apretar el gatillo para salvar la vida. Y el negro, a pesar de ser el que se tira a la reina del baile, es un cabrón, mala gente, y eso, si tienes conciencia, es un problema. Por eso nos va bien el gris, porque no huye del espejo, porque solo dispara en defensa propia.
Sin embargo, hay veces que los caminos del destino, de la vida, o llámenlos equis, nos ponen en una encrucijada de únicamente dos soluciones, y no mojarse nos lleva a ninguna parte. Y ahí, en el limbo, a mitad de camino, en ese punto donde no estás vivo pero tampoco estás muerto, donde no hace frío ni calor, justo en la puerta, sin saber si tomar otra copa o irse a casa, es donde se ha quedado La Unión de Ateos y Librepensadores de Cataluña.
Su campaña publicitaria en los autobuses, además de ser poco original –es una copia exacta de la que hicieron sus colegas ingleses- se queda corta. Dicen en su anuncio que “probablemente Dios no existe” y se quedan tan anchos con su adverbio gris, con su medianía, con su casi seguro que sí, pero igual no ¿Cómo que probablemente? ¿Es que no lo tienen claro? ¿Se puede ser probablemente ateo? ¿Y probablemente creyente? ¿Y probablemente rubio? ¿Y probablemente miope? Según la RAE, no. La academia define al ateo como al“que niega la existencia de Dios”. Así, sin más, sin dudas de última hora ni salidas de emergencia. Entonces, como para el ateo no hay mus, pensamos que la asociación ha utilizado el adverbio por lo mismo que otros usan el papel de fumar para cogérsela: por miedo a mojarse. ¿Se imaginan a un cardenal o a un ayatolá afirmando que probablemente Dios existe? Pues esto es lo mismo. No se puede ir disparando y pidiendo perdón, porque para que alguien gane, alguien tiene que perder.
Si los miembros (y miembras) de esta asociación están convencidos de que el más allá es un cuento chino, que lo griten alto y claro, así se infarten las sotanas. Pero si piensan que hay una posibilidad, por remota que sea, de que Dios esté ahí arriba velando por nosotros, en plan vigilante de la playa, que dejen de tirar el dinero y regresen a casa, porque lo único que logran con sus mensajitos tan bien educados es entorpecer la ofensiva ateísta, yeyé y titiritera de los que creen en cualquier cosa menos en milagros, de los que sostienen que la religión es solo una excusa para llevarte al huerto, que Cristo es un invento de la Metro-Goldwyn-Mayer, y que a estas alturas ni Dios cree en Dios.
Eso sí, la Iglesia, como empresa, chapó. Por eso llevan dos mil años liderando el mercado. Y es normal, porque el producto es cojonudo. ¿Qué vale un cochazo o un apartamento en Torrevieja al lado de la vida eterna? Pues eso. Y lo mejor es que ningún cliente vuelve a reclamar, lo que ya es el colmo del negocio redondo. De hecho, son tan buenos, que su obra, en lugar de ser la maría del cole, tendría que valer treinta créditos en Dirección y Administración de Empresas.
Lo malo es que últimamente el personal viene pasando bastante del más allá y prefiere invertir en el más acá, con la sangría que eso le supone a las tan necesitadas arcas de la Iglesia. Por eso, porque cada vez hay menos cándidos dispuestos a dejarse sangrar, urge cambiar la estrategia de márquetin: Antes íbamos de salvadores, vayamos ahora de víctimas.

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