Dice Paquito que en la Glorieta hay tardes de tinta y tardes de tinto, y que a veces, solo a veces, hay sobremesas de bota y literatura. La del martes, por ejemplo, fue una de esas digestiones de metáforas con hielo, aunque dice Paquito que hubo demasiada sed y no tantas musas. También cuenta que en estas tardes todo el mundo tiene una llave pero casi nadie sabe qué puerta abre, o sea, que para ver hay que tener claro adonde mirar, porque de lo contrario uno puede aplaudir al molino en vez de al gigante.
Su compay, otro abonado a los chupitos de tinta y a los renglones torcidos del gin-tonic, prefiere un tonto feliz a un científico cabreado, por eso defiende la alegría aunque no haya para tanto. Menos sabio, pero menos serio, se apunta al vaso medio lleno, a la fiesta en día de luto. Por eso dice que hay tardes, como la del martes, en que lo peor que te puede pasar es que te sirvan garrafón.
Hablamos, claro, de las tardes de Galapagar, de la Fiesta más nacional que nunca. A Paquito, que va a la plaza como a la misa, le pone el siete, la afición; al compay, que va como va, los tendidos de sol y pañuelo fácil. O dicho de otra manera: mientras a uno no le gusta que a los toros te pongas la minifalda, al otro nunca le parece demasiada corta. Y en esas andan, discutiendo qué es mejor: el vino o la borrachera. José Tomás sí, pero no tanto, o José Tomás más y todavía.
El purista cree porque no le queda más remedio, porque ha visto el milagro con sus propios ojos, aunque en el fondo le molesta que también crean los ateos. Su compay, sin embargo, quiere que crean cuantos más mejor. Él es de los que piensan que en la discoteca siempre hay sitio.
Decimos que hay tardes de salón que acaban de madrugada, entre el milagro del verbo y la penúltima copa, buscando respuestas en el saco de las mismas preguntas: ¿Por qué se pone ahí, donde la muerte espera? Porque las rosas, cuantas más espinas, más rosas. Y así se pasan las rondas, discutiendo de toros y de toreros, de cojones y de artistas de cojones. Si Paquito echa el freno, el otro acelera y en ese plan. Por eso combinan tan bien, porque son como el ron y la coca-cola. Y a mí me gustan los toros desde que me los cuentan.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
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