lunes, 1 de septiembre de 2008

El chico de oro

Los hombros del chico de oro soportaron todo el peso del pop durante veinticinco años. Luego, aquella locura se hizo carne, convirtiendo a la mariposa en gusano. El exitazo de Thriller (aún hoy sigue siendo el disco más vendido de la historia) le dio la puntilla y de aquel zombi de mentira resultó un zombi de verdad. Dicen que la culpa la tuvo su padre, que le obligó a trabajar como un negro para pagarle una vida de blanco. Dicen que si no creces con Peter Pan terminas aliviándote con Wendi. Dicen que si pierdes el tren de la infancia acabas odiando cualquier estación.

Michael Jackson cumple medio siglo de luces que fueron estrellas y sombras que son agujeros, donde el mito pasa la vida sin preocuparse de buscar la escalera que lo traiga de vuelta. Hay quien reza para que vuelva al mundo de los vivos, pero la locura está fuera de la jurisdicción divina. Él, como Don Quijote, piensa que los locos somos nosotros, los adultos, los que vemos molinos donde solo hay gigantes, los que zapeamos cuando echan dibujos por la tele.

Decimos que el rey del pop y de las excentricidades (duerme dentro de una burbuja y quema su ropa a diario por miedo a que se lo coman los gérmenes, alquila úteros para ser papá, viste a sus hijos con burka y hasta quiso comprar el esqueleto del hombre elefante para decorar la salita) descumple años en el jardín de infancia de Neverland, rodeado de mocos, mascarillas y peluches; observado de cerca por sus tutores legales, los abogados de la multinacional Sony, quienes vigilan su libido y su herencia igual que los buitres velaron la agonía de Bambi. Es probable que Jackson tocara a aquellos niños y es seguro que sus padres, tras metérselos en la cama, prefirieron los dólares a la justicia, pero Michael no tuvo la culpa de todo aquello, porque el loco no es culpable de su locura lo mismo que la ola no es responsable del naufragio.

Black or white? Que importa, si a los niños no les importa, cantaba la voz del millón de dólares mientras se tocaba los huevos. Ahora sabemos que ese tic, que creíamos cosa del show business, del puro márquetin, solo era un gesto infantil, la chulería de un crío asustado.

1 comentario:

José Ángel Sanz dijo...

Llevo años defendiéndolo en conversaciones y torciendo el gesto ante tanto chiste fácil sobre operaciones y niños, y leyendo sobre él, y te puedo decir que firmaría tu artículo al 100%. Seguro.

Abrazo