jueves, 3 de julio de 2008

Las moscas


La prensa de verano suple la falta de chicha informativa con michelines de temporada, o sea, ceba el breve de enero para que cuele por apertura estival. Esto pasa porque no pasa nada, porque la gente importante (que casi nunca es la que importa) o no se pone al teléfono o te pide que vuelvas a llamar en septiembre.

Si este vacío de titulares obliga a los diarios a exprimir naderías, a encontrar oasis en el desierto, a contar echándole cuento; imaginen el papelón del columnista, que oficia de carroñero rebañando lo que queda entre los dientes o colmillos de la prensa. ¿Cómo sacar punta a la voz del mudo? ¿Cómo interesar al desinterés? Este páramo de paluegos (palabro utilizado por los de la Hora Chanante para definir los restos de comida olvidados en las muelas del camino) no te mete el miedo al folio en blanco (juntar palabras es fácil, lo chungo es lograr que se lleven bien), pero sí la urgencia de terminar cuanto antes, de llegar a la última línea como sea para poder irte a casa que mañana será otro día. Me refiero a que en días como hoy te sientes como un enterrador: sabes que cuanto más rápido cavas más te alejas de la muerte. Se trata de vestir al sujeto con verbo y predicado sin pararse a combinar colores y estilos, de comer sin ganas, de reír el chiste aunque no tenga ni puta gracia, de decir cuando prefieres callar porque no tienes nada que decir.

Estos días de julio y agosto son de poco de discurrir y mucho de hibernar a la orilla del ventilador, de la cerveza helada y de las moscas, que molestan pero sobre todo distraen que es una maravilla. Fíjese que todo el tiempo que usted emplea en maldecirlas se lo ahorra en pensar a ver cómo coño se libra de la hipoteca, de la suegra que se apunta a Benidorm, de este calor asqueroso, del trescientos y pico de colesterol, y del artículo del jueves.

Tendríamos que hacer algo para premiar la labor social las moscas, sobre todo de las cojoneras, siempre dispuestas a sacarnos de quicio con tal de alejarnos por un rato de la amargura, de costearnos un momento kit-kat. Podríamos dedicarles un poema, como hizo Antonio Machado: "Vosotras, las familiares / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares / me evocáis todas las cosas. / ¡Oh, viejas moscas voraces, / como abejas en abril, / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil! / ¡Moscas del primer hastío / en el salón familiar, / las claras tardes de estío / en que yo empecé a soñar! / Y en la aborrecida escuela, / raudas moscas divertidas, / perseguidas / por amor de lo que vuela".

Benditas sean moscas, que llenan los huecos del verano y de los piños de la prensa.

(Artículo publicado en El Adelanto de Salamanca)

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